LA HUELLA DEL TIEMPO



Recuerdo que hace años, en el 80 durante una exposición colectiva en Nueva York, un amigo escultor y yo hablábamos sobre el trabajo que conlleva el arte y su capacidad de absorberte apartándote de otros disfrutes de la vida. Decidimos que al cumplir los cincuenta años dejaríamos de trabajar para dedicarnos a esos disfrutes incluidos los contemplativos del arte.

También últimamente mi memoria ha rescatado otro recuerdo, se trata de una colección de cromos que de niño juntábamos, bajo el nombre de "La vida en el año 2000". Entre otras cábalas que estas imágenes generaban en mi pensamiento estaba la de que en dicha fecha tendría cincuenta y dos años.                         

Pocas de esas predicciones se han cumplido, la mayoría aparecen hoy rocambolescas. No hace mucho tiempo me encontré a mi amigo escultor recordándome nuestra promesa ya con las cincuentenas cumplidas, los dos nos miramos con una sonrisa de complicidad y resignación: "Que le vamos a hacer. ¿Tu hubieses podido hacerlo?", nos dijimos. Miramos alrededor, estábamos en una exposición en la que se mostraban nuestras obras, las contemplamos con ese agotamiento algo melancólico, con el que miramos los artistas a nuestra propia obra: seguíamos atrapados en las mismas redes. Proponer un nuevo aplazamiento a nuestra propuesta tenía un punto de ridículo. Más aun cuando las predicciones de futuro de aquella época como los "cromos de la vida en el año 2000", no correspondían a la realidad del presente. Este es sin duda muy parecido a aquellos días de los ochenta. Algunas cosillas, objetos tecnológicos nuevos, pero en lo esencial lo mismo.

Quizás por ello sea un buen momento para recordar aunque el mismo recuerdo signifique repetir cosas, éstas pueden tener hoy distinto significado.                    

En los últimos años de la década de los sesenta entre sonidos de citar y floreadas divagaciones yo era un creyente de la modernidad. Quizás la necesitásemos todos en medio del rancio ambiente en el que se nos había educado. Pero el propio arte de vanguardia que nos rodeaba, esa apesadumbrada estética de los abstractos y concienciados, nos resultaba también pesarosa.

Yo miraba con avidez el Pop y toda esa abstracción brillante y colorista. Con ella llegaron los movimientos conceptualistas y como un moderno jinete del Apocalipsis la muerte de la pintura. Pero como para despejar dudas, no hay más eficaz arma que el conocimiento, lo mejor que se podía hacer en esta situación era "aprender de todas las cosas".

Es ese conocimiento el que me hizo enfrentarme a esa dualidad tan propia de este final de siglo de "lo que se debe hacer" y "lo que deseo hacer".                         

Quizás de haber sido un intelectual a la vieja usanza no lo hubiese dudado ni un segundo de cual era mi deber, pero yo era un chico que me gustaba la música Pop, deseaba ir a Katmandú, y que ciertas cosas que se me presentaban como importantes eran aburridas e insoportables.


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