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Monólogo interior
Rosa Olivares

“... como en un monólogo interior,
la vida fluye,
los sueños y las sombras
se confunden...”

(tango anónimo)



La vida fluye, y a algunos se les escapa entre los dedos, como la arena, como el agua. Como el arte. Para muchos, el trabajo del arte es un esfuerzo, una obsesión y una dedicación de por vida. Para otros es, también, un placer. Para Victoria Civera es, además, de un placer y un trabajo para toda la vida, una forma de estar, de ser, una manera de construir una historia personal y extraña, entre críptica y diáfana. Victoria Civera, con sus obras sin ley ni control, desde la libertad absoluta del arte, construye su propia y personal representación simbólica del Universo.

La obra de Civera ha evolucionado, ha crecido y se ha desarrollado, desde el comienzo de su carrera de una forma sorprendente. Si la pintura fue siempre el centro de su trabajo, si siempre se la ha podido definir como ‘pintora’, hoy en día esta seguridad tiene que dejar hueco a otras formas de hacer, igual que los espectadores del arte actual tienen siempre que mantener abierta la curiosidad y tener un lugar libre para aceptar esa nueva obra, imposible de calificar, según los esquemas vigentes, hasta ese mismo momento en el que se produce el hallazgo fugaz de unas nuevas formas, de unas nuevas percepciones de la realidad o de la irrealidad de la pura vida. De esta manera, Victoria Civera es una artista inevitablemente contemporánea. Pudo ser moderna, es decir, se podía haber quedado en una pintora que experimentaba con la pintura, que provocaba a la pintura forzando sus límites formales tradicionales. Eso hubiera sido suficiente, de hecho hubiera sido más de lo que cualquier guión le hubiera exigido hoy a ningún artista. De esa manera, V. Civera hubiera sido una pintora reconocida dentro del selecto grupo de pintores españoles de calidad e interés indiscutible. Pero, de una manera sutil y silenciosa, tan intimista como su propia obra, Civera decidió salirse del guión.

Pintura como literatura, cuadros como palabras, como frases que reunidas no significan necesariamente una narración, una novela ni un cuento. Son fragmentos de ideas, esbozos de un cuaderno de viaje, apuntes sobre la vida, deslavazados a veces, coherentes como un puñal en otros momentos. Siempre se dice, como si descubriésemos algo oculto y misterioso, que la vida es la que alimenta el arte, que los acontecimientos y cambios de nuestras vidas se trasladan antes o después, de una manera o de otra, a la superficie de lo que hacemos. En el caso del arte, de cualquier arte, esto es algo evidente incluso a pesar de aquellos artistas y críticos que pretenden que la razón esta por encima de la pasión o de la simple realidad. Los cambios en la vida de V. Civera han marcado su trabajo como el paso del tiempo marca el cuerpo de los que seguimos vivos a pesar de casi todo. El cuestionamiento de la pintura como lenguaje unívoco, de los tamaños y del canon son de alguna manera cuestionamientos que se prolongan desde la duda total de la vida, desde el hecho de la maternidad, del cambio de paisaje y de lugar, de cambiar España por Estados Unidos, cualquier ciudad española por Nueva York; de la realidad de vivir y compartir imágenes y pasiones, dudas y respuestas con un, con otro artista, con otro pintor. De la necesidad de sobrevivir a las circunstancias surge una obra diferente, como sin duda es diferente la Victoria Civera de hoy a la de otros tiempos, como será también diferente la mujer y la artista dentro de un tiempo, siempre diferente y siempre enriquecedor.

Pero es desde la pintura desde el lugar que Civera parte en su transformación. Y a la pintura vuelve, o tal vez de la pintura nunca se aleja. Tanto su obra escultórica como sus últimos trabajos, cercanos a la instalación, masas volumétricas, habitáculos imposibles, abiertos para la mirada, mantienen unos puntos en común determinantes con la pintura. Desde la creación de un paisaje formal, en el que el espectador se introduce fluidamente desde el principio, hasta la elección de los colores, la utilización de las paredes, que pinta directamente para colocar en el centro de esa superficie de color el objeto, la forma que sobresale, bocas como peces, llamaradas de color que nos atraen hacia ese rectángulo, familia lejana pero con líneas de sangre directa, de la pintura. Así, cuadros, de diferentes formatos, objetos, esculturas, ambientes, todos conviven como fragmentos de una sola narración que se prolonga a lo largo del tiempo y de la vida.

La libertad es una de las herramientas de trabajo de Civera, que añade a un método que se basa en la superposición, en la yuxtaposición y en la condensación de formas, ideas, tiempos. Se trata de una obra con muchas facetas, algunas de ellas parecen ocultar otras y a la vez sorprenden cuando se van desvelando. Como en un monólogo interior, Civera cuenta y habla, permitiéndose todas las licencias. Y nos habla del deseo y de su transformación en energía, nos habla de la ciudad y del paisaje, y de la casa y de su interior. Y del amor, y de la soledad, de esa forma de mirar hacia dentro de uno mismo certificando que es ahí dentro, en el fondo de nosotros mismos, de cada uno de nosotros mismos, donde esta la vida, donde esta el argumento de todas las historias. Pero nos habla también de los otros, de los que nos rodean, amigos, familia... pero lo hace sin dramatismos, sin tragedias.

Se ha hablado mucho de las continuas evocaciones del cuerpo en la obra de Civera, a partir de fragmentos y alusiones al deseo y a los cuerpos de la pasión. Y también se ha aprovechado el tamaño mínimo de muchas de sus pinturas para establecer toda una teoría sobre el espacio pictórico, igual que la abstracción de sus formas pictóricas y la concreción de los objetos volumétricos ha dado pie para hablar de búsqueda de salidas formales. Sin embargo, como en todo buen monólogo interior, las cosas son mucho más simples. Se trata de una obra hecha a partir de la libertad de la artista, que usa y deshecha libremente en cada ocasión lo que le interesa, y que según el momento y lo que quiere contar utiliza unos formatos, unas formas, unos colores, la pintura o la escultura... Pero, además hay otra cosa no por obvia menos importante. Victoria Civera es una mujer, una mujer que traslada sus experiencias reales a formas abstractas o concretas, todas ellas fragmentos de una narración sin fin en la que asomamos solo en ráfagas, sorprendiendo partes de una historia que no tenemos cerrada en un solo libro, en una sola exposición.

El trabajo de Civera es sorprendente y misterioso, y se ha intentado establecer relación de su obra con el surrealismo, porque ella, como los surrealistas, establece asociaciones de objetos y formas que parecen extraídos de sueños, de narraciones inconexas, donde lo irreal, la magia, lo fantástico y lo maravilloso es algo cotidiano. Lo cotidiano es la materia prima de la vida de las mujeres, ya sean pintoras, escritoras, científicas... Lo cotidiano son esas pequeñas cosas que pasan todos los días y nos mantienen estrictamente vinculadas sin posibilidad de escape, con nuestro cuerpo y con los cuerpos de los demás – de nuestros hijos de nuestros amantes, de nuestras familias – y con los objetos y los espacios de una forma característica. Y para las mujeres lo pequeño no tiene nada que ver con lo insignificante, lo abstracto puede ser muy real, y lo concreto una simple ensoñación; los materiales nobles e innobles se confunden y cambian sus sitios... la vida, y la mente de las mujeres son espacios surréales, lugares donde las reglas y las leyes son diferentes, donde lo fantástico es lo cotidiano, y lo maravilloso se sirve en el desayuno, junto con el zumo de naranja, el chocolate caliente y las tostadas.

Fieltro y acero, chapa metálica y colores pastel, pequeñas esculturas de objetos vulgares y fragmentos, no tan vulgares, de cuerpos... exvotos de la vida real; mezcla y unión de lo dulce y lo salado, de lo duro y lo blando, de mil colores y un solo e inalterable tono, de luces y sombras. Así es la vida. Así es la obra de Civera, cambiante y fantástica, como una narración de una sola persona, que nos guía con su voz, sin respetar puntuaciones ni acentos, sin parar ni para respirar y dejando pausas enormes entre algunas palabras. Se dice que las pinturas y algunas otras piezas de Civera son pequeñas porque es una mujer, porque, además, es una mujer que ha elegido un lugar en la sombra, protegido de la luz, a resguardo de las miradas, porque ha sabido elegir entre el ruido y el silencio, sin embargo quienes dicen eso olvidan que ese mundo que las mujeres hemos creado esta compuesto por palabras todas ellas pequeñas, cortas, apenas suspiros, como amor, casa, paz, hijo, sueños... palabras de fieltro y color pastel, de acero y oro.

Cuestionamiento de la pintura, y del arte, de la vida, y sobre todo de las reglas impuestas en cada uno de esos apartados. Cuestionamiento de las certezas absolutas, débiles y quebradizas. La falta de certeza es lo que nos hace fuertes, y libres. De esta libertad se nutre, ya lo he dicho, la obra y seguramente la vida de Civera y esa alimentación rica en proteínas abstractas y surreales le permite pintar y hacer escultura, y hacer cuadros pequeñitos unas veces, y otras veces cuadros, llenos de pintura igualmente, enormes, siempre fuera de los límites del canon. Pero, ¿de qué canon? Y es también todo esto lo que permite que Civera pinte y haga fotografía, y escultura y llene una exposición de una pintora, como es ella indudablemente, con obra que se podría definir —si fuera imprescindible— como instalaciones y de fotografías y de cuadros grandes y pequeñitos. Nos llene de arte y de vida la mirada. Nos invite a pasear por un paisaje extraño y fantástico, irreal y a la vez estrictamente singular. Es un paisaje diferente, que no existe en otro sitio, que solo podremos encontrar en la obra de Civera; extraño como el paisaje lunar de “El Principito” que Saint Exupery pintó con palabras y describió con dibujos.

El monólogo interior de Civera es una forma de narrar subjetiva, personal, que por lo tanto no tiene reglas. Como los sueños. Hecho de la materia de los sueños, irreal y maravilloso, incomprensible pero directo, sus obras son ráfagas de sentido sin palabras. Formas abstractas y concretas, como en el caso de esta exposición que nos lleva, guiados por la voz de la narradora, por un paisaje diferente, con formas a veces irreconocibles y otras familiares, a un mundo que solo habita ella y al que en esta ocasión, hemos sido amablemente invitados.