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La vida fluye, y a algunos se les escapa entre los dedos, como la arena,
como el agua. Como el arte. Para muchos, el trabajo del arte es un esfuerzo,
una obsesión y una dedicación de por vida. Para otros
es, también, un placer. Para Victoria Civera es, además,
de un placer y un trabajo para toda la vida, una forma de estar, de
ser, una manera de construir una historia personal y extraña,
entre críptica y diáfana. Victoria Civera, con sus obras
sin ley ni control, desde la libertad absoluta del arte, construye su
propia y personal representación simbólica del Universo.
La obra de Civera ha evolucionado, ha crecido y se ha desarrollado,
desde el comienzo de su carrera de una forma sorprendente. Si la pintura
fue siempre el centro de su trabajo, si siempre se la ha podido definir
como pintora, hoy en día esta seguridad tiene que
dejar hueco a otras formas de hacer, igual que los espectadores del
arte actual tienen siempre que mantener abierta la curiosidad y tener
un lugar libre para aceptar esa nueva obra, imposible de calificar,
según los esquemas vigentes, hasta ese mismo momento en el que
se produce el hallazgo fugaz de unas nuevas formas, de unas nuevas percepciones
de la realidad o de la irrealidad de la pura vida. De esta manera, Victoria
Civera es una artista inevitablemente contemporánea. Pudo ser
moderna, es decir, se podía haber quedado en una pintora que
experimentaba con la pintura, que provocaba a la pintura forzando sus
límites formales tradicionales. Eso hubiera sido suficiente,
de hecho hubiera sido más de lo que cualquier guión le
hubiera exigido hoy a ningún artista. De esa manera, V. Civera
hubiera sido una pintora reconocida dentro del selecto grupo de pintores
españoles de calidad e interés indiscutible. Pero, de
una manera sutil y silenciosa, tan intimista como su propia obra, Civera
decidió salirse del guión.
Pintura como literatura, cuadros como palabras, como frases que reunidas
no significan necesariamente una narración, una novela ni un
cuento. Son fragmentos de ideas, esbozos de un cuaderno de viaje, apuntes
sobre la vida, deslavazados a veces, coherentes como un puñal
en otros momentos. Siempre se dice, como si descubriésemos algo
oculto y misterioso, que la vida es la que alimenta el arte, que los
acontecimientos y cambios de nuestras vidas se trasladan antes o después,
de una manera o de otra, a la superficie de lo que hacemos. En el caso
del arte, de cualquier arte, esto es algo evidente incluso a pesar de
aquellos artistas y críticos que pretenden que la razón
esta por encima de la pasión o de la simple realidad. Los cambios
en la vida de V. Civera han marcado su trabajo como el paso del tiempo
marca el cuerpo de los que seguimos vivos a pesar de casi todo. El cuestionamiento
de la pintura como lenguaje unívoco, de los tamaños y
del canon son de alguna manera cuestionamientos que se prolongan desde
la duda total de la vida, desde el hecho de la maternidad, del cambio
de paisaje y de lugar, de cambiar España por Estados Unidos,
cualquier ciudad española por Nueva York; de la realidad de vivir
y compartir imágenes y pasiones, dudas y respuestas con un, con
otro artista, con otro pintor. De la necesidad de sobrevivir a las circunstancias
surge una obra diferente, como sin duda es diferente la Victoria Civera
de hoy a la de otros tiempos, como será también diferente
la mujer y la artista dentro de un tiempo, siempre diferente y siempre
enriquecedor.
Pero es desde la pintura desde el lugar que Civera parte en su transformación.
Y a la pintura vuelve, o tal vez de la pintura nunca se aleja. Tanto
su obra escultórica como sus últimos trabajos, cercanos
a la instalación, masas volumétricas, habitáculos
imposibles, abiertos para la mirada, mantienen unos puntos en común
determinantes con la pintura. Desde la creación de un paisaje
formal, en el que el espectador se introduce fluidamente desde el principio,
hasta la elección de los colores, la utilización de las
paredes, que pinta directamente para colocar en el centro de esa superficie
de color el objeto, la forma que sobresale, bocas como peces, llamaradas
de color que nos atraen hacia ese rectángulo, familia lejana
pero con líneas de sangre directa, de la pintura. Así,
cuadros, de diferentes formatos, objetos, esculturas, ambientes, todos
conviven como fragmentos de una sola narración que se prolonga
a lo largo del tiempo y de la vida.
La libertad es una de las herramientas de trabajo de Civera, que añade
a un método que se basa en la superposición, en la yuxtaposición
y en la condensación de formas, ideas, tiempos. Se trata de una
obra con muchas facetas, algunas de ellas parecen ocultar otras y a
la vez sorprenden cuando se van desvelando. Como en un monólogo
interior, Civera cuenta y habla, permitiéndose todas las licencias.
Y nos habla del deseo y de su transformación en energía,
nos habla de la ciudad y del paisaje, y de la casa y de su interior.
Y del amor, y de la soledad, de esa forma de mirar hacia dentro de uno
mismo certificando que es ahí dentro, en el fondo de nosotros
mismos, de cada uno de nosotros mismos, donde esta la vida, donde esta
el argumento de todas las historias. Pero nos habla también de
los otros, de los que nos rodean, amigos, familia... pero lo hace sin
dramatismos, sin tragedias.
Se ha hablado mucho de las continuas evocaciones del cuerpo en la obra
de Civera, a partir de fragmentos y alusiones al deseo y a los cuerpos
de la pasión. Y también se ha aprovechado el tamaño
mínimo de muchas de sus pinturas para establecer toda una teoría
sobre el espacio pictórico, igual que la abstracción de
sus formas pictóricas y la concreción de los objetos volumétricos
ha dado pie para hablar de búsqueda de salidas formales. Sin
embargo, como en todo buen monólogo interior, las cosas son mucho
más simples. Se trata de una obra hecha a partir de la libertad
de la artista, que usa y deshecha libremente en cada ocasión
lo que le interesa, y que según el momento y lo que quiere contar
utiliza unos formatos, unas formas, unos colores, la pintura o la escultura...
Pero, además hay otra cosa no por obvia menos importante. Victoria
Civera es una mujer, una mujer que traslada sus experiencias reales
a formas abstractas o concretas, todas ellas fragmentos de una narración
sin fin en la que asomamos solo en ráfagas, sorprendiendo partes
de una historia que no tenemos cerrada en un solo libro, en una sola
exposición.
El trabajo de Civera es sorprendente y misterioso, y se ha intentado
establecer relación de su obra con el surrealismo, porque ella,
como los surrealistas, establece asociaciones de objetos y formas que
parecen extraídos de sueños, de narraciones inconexas,
donde lo irreal, la magia, lo fantástico y lo maravilloso es
algo cotidiano. Lo cotidiano es la materia prima de la vida de las mujeres,
ya sean pintoras, escritoras, científicas... Lo cotidiano son
esas pequeñas cosas que pasan todos los días y nos mantienen
estrictamente vinculadas sin posibilidad de escape, con nuestro cuerpo
y con los cuerpos de los demás de nuestros hijos de nuestros
amantes, de nuestras familias y con los objetos y los espacios
de una forma característica. Y para las mujeres lo pequeño
no tiene nada que ver con lo insignificante, lo abstracto puede ser
muy real, y lo concreto una simple ensoñación; los materiales
nobles e innobles se confunden y cambian sus sitios... la vida, y la
mente de las mujeres son espacios surréales, lugares donde las
reglas y las leyes son diferentes, donde lo fantástico es lo
cotidiano, y lo maravilloso se sirve en el desayuno, junto con el zumo
de naranja, el chocolate caliente y las tostadas.
Fieltro y acero, chapa metálica y colores pastel, pequeñas
esculturas de objetos vulgares y fragmentos, no tan vulgares, de cuerpos...
exvotos de la vida real; mezcla y unión de lo dulce y lo salado,
de lo duro y lo blando, de mil colores y un solo e inalterable tono,
de luces y sombras. Así es la vida. Así es la obra de
Civera, cambiante y fantástica, como una narración de
una sola persona, que nos guía con su voz, sin respetar puntuaciones
ni acentos, sin parar ni para respirar y dejando pausas enormes entre
algunas palabras. Se dice que las pinturas y algunas otras piezas de
Civera son pequeñas porque es una mujer, porque, además,
es una mujer que ha elegido un lugar en la sombra, protegido de la luz,
a resguardo de las miradas, porque ha sabido elegir entre el ruido y
el silencio, sin embargo quienes dicen eso olvidan que ese mundo que
las mujeres hemos creado esta compuesto por palabras todas ellas pequeñas,
cortas, apenas suspiros, como amor, casa, paz, hijo, sueños...
palabras de fieltro y color pastel, de acero y oro.
Cuestionamiento de la pintura, y del arte, de la vida, y sobre todo
de las reglas impuestas en cada uno de esos apartados. Cuestionamiento
de las certezas absolutas, débiles y quebradizas. La falta de
certeza es lo que nos hace fuertes, y libres. De esta libertad se nutre,
ya lo he dicho, la obra y seguramente la vida de Civera y esa alimentación
rica en proteínas abstractas y surreales le permite pintar y
hacer escultura, y hacer cuadros pequeñitos unas veces, y otras
veces cuadros, llenos de pintura igualmente, enormes, siempre fuera
de los límites del canon. Pero, ¿de qué canon?
Y es también todo esto lo que permite que Civera pinte y haga
fotografía, y escultura y llene una exposición de una
pintora, como es ella indudablemente, con obra que se podría
definir si fuera imprescindible como instalaciones y de
fotografías y de cuadros grandes y pequeñitos. Nos llene
de arte y de vida la mirada. Nos invite a pasear por un paisaje extraño
y fantástico, irreal y a la vez estrictamente singular. Es un
paisaje diferente, que no existe en otro sitio, que solo podremos encontrar
en la obra de Civera; extraño como el paisaje lunar de El
Principito que Saint Exupery pintó con palabras y describió
con dibujos.
El monólogo interior de Civera es una forma de narrar subjetiva,
personal, que por lo tanto no tiene reglas. Como los sueños.
Hecho de la materia de los sueños, irreal y maravilloso, incomprensible
pero directo, sus obras son ráfagas de sentido sin palabras.
Formas abstractas y concretas, como en el caso de esta exposición
que nos lleva, guiados por la voz de la narradora, por un paisaje diferente,
con formas a veces irreconocibles y otras familiares, a un mundo que
solo habita ella y al que en esta ocasión, hemos sido amablemente
invitados.
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